PALABRAS DE LUIS ORIONE
4.- EL DESEO DE LA SANTIDAD
Por desgracia, oh mis queridos hijos, este espíritu de sacrificio, de mortificación, de oración de negación, de nosotros mismos, de caridad con los hermanos y de verdadera humildad me parece, que en esta última visita mía, todavía no ha penetrado suficientemente en alguno de vosotros, mientras que en otros, para gloria de Dios y el bien de nuestra pequeña congregación, ya vi que este buen espíritu religioso va echando, muy bien, raíces. La raíz de lo malo, que he notado en algunos, es una cierta vanidad, una cierta ligereza y un espíritu de contradicción y de falta de caridad. En vuestro hablar debéis ser dulces y nunca, nunca, pero nunca usar con los compañeros la acritud o la obstinación. Sed sencillos, mis queridos hijos: Sed siempre como niños en manos de vuestro superior y nada le escondáis de vuestra alma. Tenemos que ser siempre como chiquillos, pero no tener su ligereza; en cambio tened de ellos el candor del alma, la sencillez, la confianza, la fe, la generosidad, la humildad. Si somos siempre chiquillos y de este modo, entraremos, como dice el Señor en el Evangelio, en el Reino de los cielos, que es el reino de los humildes, de los que no tienen voluntad propia, sino que su voluntad es la de Dios. Dios se manifiesta y se complace en habitar en aquellos que sienten su propia nulidad y que se transforman en nada por el amor de Dios. Su Voluntad se revela y se cumple en aquellos que han renegado y vencido la voluntad propia y que no saben querer otra cosa si no es el mismo querer de Dios.
Por eso, oh mis queridos hijos en Jesucristo, me ha dado mucha pena veros a casi todos dormir durante la santa meditación. ¿Cómo nos haremos santos, sin la meditación? Por caridad, haceos, haceos violencia a vosotros mismos: quien duerme de ese modo en la iglesia, no se hace santo. "Deus provisit coronam vigilantibus, no dormientibus". (Dios da la corona a los que vigilan, no a los que duermen). Me he llevado una dolorosa impresión, os lo digo en el Señor. ¡Ay de la congregación!, si crecéis tan indolentes y vagos en la meditación. Vuestro superior está autorizado a anticipar el descanso de la noche, o a aumentar el de la siesta, con tal que se logre hacer bien la meditación. También, para aquellos que han llegado nuevos a la casa, será un escándalo ver tantos dormilones y dormir de continuo, sin ver a ninguno hacer, o hacer muy poco esfuerzo cuando el superior, para despertarles, toca, y varias veces, la campanilla.
He visto muchas comunidades religiosas, y no he visto nunca una cosa similar. Os suplico también que cuidéis la limpieza, el orden de las camas y donde dormís y os recomiendo la puntualidad al encontraros en la iglesia y en los diversos trabajos u oficios. Recordemos, oh mis queridos amigos, que lo debemos hacer por el Señor y que Dios no bendice, ni le pueden agradar, las obras hechas con negligencia.
Mis queridos pequeños hermanos, busquemos la santidad, pero enseguida: no esperemos más, ¡no tardemos! ¡La santidad! ¡El deseo de la santidad! Todo vendrá detrás de esto: los designios de Dios se cumplirán sobre mí y sobre todos vosotros. La Santa Iglesia, el Papa, el pueblo creyente y el pueblo aún incrédulo, tanto los no bautizados como los bautizados, y los justos como los pobres pecadores, nada tienen que esperar sino la santidad. Ahora, la Iglesia necesita de un grupo de santos. Y bien, ésta es la voluntad de Dios, voluntad cierta sobre nosotros: que nos hagamos santos. "Haec est Voluntas Deis, santificatio vestra" (esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación). La mirada del Señor, la providencia del Señor, está toda dirigida hacia aquellos que son generosos, hacia aquellos que quieren hacerse santos. Pero el Paraíso no es para los vagos, no es para los apoltronados, sino de quienes se hacen violencia a sí mismos, de quien ora, de quien se reniega, de quien vive de humildad y vive de caridad.
Yo deseo también estudiantes; pero recordad que el curso más importante es el de la virtud. ¡Sed santos! si tenéis siempre presente el fin de vuestra vocación, un fin simple y sublime; si os empeñáis enseguida, y todos, en i oprimir en vosotros mismos todo sentimiento de vanidad, de mundanidad, de ligereza evitando las cuestiones y las discusiones animadas y el hablar con recelo unos de otros; si habláis con sencillez, con dulzura, con docilidad a la verdad y a la autoridad de los otros; si codiciáis el estar escondidos y el ser verdaderamente despreciados por el amor de Cristo Señor nuestro bendito, entonces, sí que os haréis santos. "Deo adiuvante" (Dios mediante).
(Tortona, 9 de mayo de 1914)











