PALABRAS DE LUIS ORIONE

INTRODUCCIÓN

Don Orione, "el santo de la caridad":  es quizá la definición más espontánea y más popular.  Este volumen de sus escritos y de sus discursos nos permitirá acercarnos con suficiente holgura a la experiencia y al testimonio de la caridad de don Orione.  El tema "caridad" entra en la vida de todo cristiano, y con particular fuerza explica la vida de un santo como don Orione. 

Su alma, vivificada por el Espíritu Santo e inflamada por el fuego de la caridad, con frecuencia desbordaba en discursos, conversaciones y escritos para alabar al Señor y enfervorizar a los hermanos, amigos, personas y gentes de todo tipo.  Muchas palabras suyas se han conservado.  Encontramos recogida aquí una selección significativa.  ¡Qué profundidad teológica y espiritual en su enseñanza, qué poesía tan humana en hablar, qué cercanía y conocimiento del hombre y de Dios en sus consejos y recuerdos!

Don Orione, místico, apasionado, buscaba contínuamente "estar con Dios"; todo su vivir fue un moverse sin parar, pero siempre en unión con Dios, obediente a las disposiciones de la Providencia y servidor del hombre "imagen de Dios".

En don Orione, "el loco de la caridad" (otro afortunado y veraz epíteto), la fuerza de la caridad manaba del don del Espíritu Santo y de la experiencia de la bondad de Dios que él reconocía en todas las vicisitudes de la vida, incluso en las humanamente adversas.  Veía la bondad de Dios, la mano dulce de la Divina Providencia en todo y en todos y de su corazón brotaba un contínuo "Deo gratias", un agradecimiento a Dios, estímulo y urgencia a la vez ("charitas Christi urget nos") para su inmolación incansable por el bien del prójimo.  Aquí está el círculo de la caridad:  contemplar la caridad de Dios genera el agradecimiento y la gratitud de Dios genera la gratuidad con el prójimo.  Confianza en la Divina Providencia y caridad son inseparables en don Orione.

"Dios mío, te amo con todo el corazón y al prójimo como a mí mismo" recitamos en el acto de caridad.  Don Orione habla con frecuencia del martirio de la caridad.  En el lenguaje corriente, cuando valoramos el precio de una cosa decimos que "cuesta cara", que es "demasiado cara", entendiendo que "el precio es alto".  La caridad es el mayor de los bienes.  La caridad es don de Dios, "sumo bien y nuestra eterna felicidad".  Por esto, la caridad cuesta cara.  Lo saben los santos.  Reflexionaba san Agustín:  "Si tienes que comprar un pan, te bastan las monedas de tu bolsillo; para sembrar un campo y recoger la cosecha, pagas un alto precio; sube el precio si quieres una piedra preciosa, plata o también mucho oro.  ¿Quieres la caridad, lo más querido de todo, o sea, el amor, es decir, Dios mismo?  ¿Cuál es el precio de la caridad, qué debes dar por tenerla? Debes darte a tí mismo".  (Sermón 34, 4 7)

¡La caridad... cuesta cara!  Cuesta hasta la abnegación y el sacrificio de sí mismo.  Nosotros hemos sido comprados por un alto precio, "no con oro ni plata, perecederos, sino con la sangre preciosa del Mesías". (I Pe. 1, 18)

Don Orione, en la escuela del Crucificado, no dudó en darse a sí mismo para vivir la caridad.  El Siervo de Dios, Fray Ave María escribía:  "Dios es mi porción para toda la eternidad.  Si Dios se hace pagar cuanto quiere, nunca será pagarle demasiado".  (Scritti, VIII, 72)

La autoridad de la Iglesia ha reconocido que Don Orione ejercitó la virtud teologal de la caridad "en modo heroico".  Juan Pablo II, en la homilía de la beatificación dijo:  "Don Luis Orione aparece como una maravillosa y genial expresión de la caridad cristiana.  Se dejó conducir sólo y siempre por la férrea lógica del amor".

El mandamiento nuevo fue vivido por don Orione desde la oblación total, llegó a ser en él un deseo ardiente, el ansia y la alegría profunda de su corazón.  "Oh, Jesús mío, yo anhelo cantar suavísimamente el canto divino de la caridad.  Haz, Dios mío, -ruega don Orione-, que toda mi vida sea un holocausto, sea un himno, un cántico sublime de divina caridad y de consumación total mía en amor a Ti, Señor, y a tu santa Iglesia, a tu Vicario en la tierra, a tus Obispos y a todos mis hermanos.  Que toda esta mi pobre vida sea sólo un canto de verdadera caridad en la tierra..." (L I, 426)

Leyendo las páginas de este volumen encontraremos la manera de sumergirnos en esta música, que es amor, entrega hasta el sufrimiento, la crucifixión, la consumación propia, por el Señor y por los hermanos.

"Amor a Dios y amor a los hermanos, dos llamas de un mismo fuego". (L II, 396)  La caridad de don Orione con el prójimo depende del amor a Dios.  Enseñaba que "la caridad más grande que se puede hacer a un alma es darle a Dios".  La pasión por Dios va siempre acompañada de la pasión por las almas.

Su corazón sensibilísimo a la compasión y al afecto.  El amor y la puesta en práctica del Evangelio, y sobre todo, la gracia de Dios, explican su amor ardentísimo al prójimo, en especial, al más pobre, necesitado y sufriente.  "¡Almas y almas!".

Los pobre, para don Orione, no son sólo los indigentes, los mendigos, los enfermos, los deficientes, sino también los agobiados, los vacilantes, los que sufren enfermedades morales, los rebeldes a Dios...  ¡Todos, todos, todos!  A todos abre el corazón y los brazos de su caridad.  En todos veía la imagen de Jesucristo.  Había hecho suya y repetía con frecuencia la frase del Padre Félix de Los Novios:  "Tener el alto privilegio de servir a Cristo en los pobres y en los enfermos".  También exhortando a la caridad se complacía en repetir la escena del juicio final, en la que Jesús invita a los elegidos a tomar posesión del Reino de los cielos como recompensa por las buenas obras realizadas con los pobres.  Justamente esta página se ha escogido para la Misa que celebra la santidad de don Orione.

Don Orione ejercitó heroicamente la caridad con el prójimo hasta poder contarle junto a los grandes santos de la caridad.  El documento de los Obispos italianos "Eucaristía, comunión y comunidad" en el n.48 habla de "toda la pléyade de campeones de la caridad que jalonan constantemente el camino de la historia:  del diácono Lorenzo a San Vicente de Paul y a don Orione".  Tres referencias de santos para tres épocas de la vida de la Iglesia.

"Toda la vida de don Orione fue una manifestación, casi una explosión de caridad en crecimiento de tal manera que en los últimos tiempos se tenía la impresión de encontrar en él un hombre auténticamente consumado en la caridad".  (Mons. F. Cribellati)  La caridad con el prójimo empuja a don Orione a multiplicar las obras corporales y espirituales de misericordia, dando vida a un número verdaderamente considerable de instituciones, todas ordenadas a aliviar las miserias humanas y a la salvación de las almas. 

Todavía clérigo gastó sus frescas energías con los muchachos del Oratorio; ya sacerdote, con la Congregación fundada por él, llegó a muchas almas en los orfanatos, los Pequeños Cottolengos, los asilos, las cárceles, las escuelas, las parroquias, los santuarios, los colegios.

¡Cuántas dificultades y sacrificios hubo de afrontar!  Y todo lo superaba porque, como decía él mismo, "cuántas veces he reconocido a Jesús en los pobres.  Debemos tratarles como a nuestros amos".  La caridad cuesta cara.

A las hermanas, con ocasión de la apertura de un asilo, les decía:  "Escoged el sitio más estrecho, más humilde, para dejar a los niños, a las niñas, a los pobres, la parte más hermosa, más aireada, más cómoda.  Servid a Jesucristo en los pobres, que deben ser siempre nuestros hermanos más queridos.  Y haced esto con espíritu de amor a Jesús Nuestro Señor".

"Un corazón sin límites, engrandecido por la caridad de Dios", éste es don Orione.  "Nuestra caridad no cierra puertas", decía de todo corazón y a quien se presentaba con un dolor o una necesidad no le pedía ni quería que nadie le pidiera tarjeta o certificado o fe de bautismo.

La caridad de don Orione se traducía en obras ("la caridad tiene hambre de acción" Scr. 100, 189) y se manifestaba en la delicadeza, en la alegría espiritual con que acogía a todos. 

"Encontrándome en Monte Mario, recuerda don Carlos Pensa, vi un día a don Orione junto a un pobre viejo, de barba larga y desarreglada, todo llagado.  Era un ruso, a quien había encontrado al venir a casa.  Le cedió su propia cama, quedándose a dormir en un diván y, cuando apretó el frío, hasta en el establo acomodándose en el pesebre.  Lo retuvo durante bastante tiempo, no permitiendo que le faltara de nada.  También recuerdo que, cuando enfermé, me cedió su cama y con atención maternal, él mismo me hizo de enfermero".

La caridad de don Orione no estaba ciertamente alimentada por la filantropía sentimental de las novelas románticas ante el espectáculo desconsolador y desconcertante de algunas espantosas miserias humanas.  En las criaturas más limitadas, más repugnantes, más detestables veía a Cristo afligido y paciente; lo veía de manera tan "tangible" que sentía por él un respeto que rayaba la veneración, un amor lleno de ternura.

Siempre a la luz y apremiado por la fe.  "He espiado la caridad de don Orione, atestigua don Benedetto Galbiati, para captar la esencia, la inspiración, el espíritu:  charitas Christi; despojada y limpia de todo interés egoísta".  Un capítulo de gran interés formativo es la enseñanza de don Orione sobre la caridad fraterna en la vida de las comunidades religiosas que quería fuesen "cenáculos de caridad". (L I, 180)  La comunión fraterna es, de hecho, un medio tanto para el encuentro con Dios como para el apostolado.  "Tendremos una gran renovación católica, si tenemos una gran caridad.  Debemos, sin embargo, empezar por practicarla hoy, entre nosotros, cultivarla en el seno de nuestros institutos, que deben ser verdaderos cenáculos de caridad" (L I, 180)

La lectura provechosa de estas páginas nos hará conocer el gran corazón de don Orione, nos estimulará a liberarnos de egoísmos y nos ayudará a entrar en la "férrea lógica del amor".
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