SUCESOS EN LA VIDA DE LUIS ORIONE

Queremos recorrer su historia deteniéndonos en algunos momentos especiales que, de algún modo, fueron marcando su vida rica en misiones, obras y experiencias de la presencia y compañía de Dios.

Veneno para la madre.
La Virgen en un barrio difícil
En Roma, con el favor de San Pío X
- Campanas de gloria en una Pascua inolvidable
400 liras, para internado y colegio
"¡Quiero ver al Papa!"
El sueño de la Señora con el manto celeste.
Del oratorio de Turín, al seminario de Tortona
Veneno para la madre.

La predicación de Don Orione tiene una rara fuerza de penetración: atrae, convierte, lleva a la vida sacramental. Por ello los párrocos lo invitan, y acuden las multitudes. Y hay veces que suceden cosas fuera de lo común. Una fría noche de invierno, acabada la predicación de la novena de la Inmaculada, regresaba a pie a Tortona por el camino cubierto de nieve. De pronto entrevé una sombra que parece seguir sus pasos. Intranquilo, aprieta entre sus dedos las cuentas del Rosario.
- ¿Es Ud. el predicador de esta tarde? -pregunta el extraño de gran sombrero y ojos inquietos-.
- Sí.
- ¿Recuerda lo que ha dicho hoy en el sermón? Ud. ha dicho que aún quien hubiera echado veneno en el plato de su propia madre, podría ser perdonado.
- S¡, lo recuerdo.
- Pero ¿Ud. cree en lo que ha dicho? ¿Está Ud. seguro de que aún habiendo envenenado a la madre, puede haber perdón?
- Sin ninguna duda -afirma Don Orione-. Basta, claro, que esté sinceramente arrepentido.
- Pues ese soy yo: ¡yo envenené a mi propia madre! ¡Y ya no puedo más: por favor confiéseme y absuélvame!
El extraño cae de rodillas sobre la nieve y abre su corazón al sacerdote. Don Orione le absuelve y le bendice. Entonces el hombre se levanta con lágrimas en los ojos, y en un arranque de gratitud abraza al sacerdote que le ha devuelto la paz. También Don Orione derrama lágrimas de gratitud a la misericordia de Dios.
La Virgen en un barrio difícil

La guerra es la cruel enemiga del amor cristiano. Todo se quiebra y destruye: los hombres se matan unos a otros con saña, la muerte reina en las ciudades, las lágrimas y el luto inundan a las familias. El corazón de Don Orione sangra con todos estos males, y quisiera consolar a todos los que lloran.

En años anteriores había organizado peregrinaciones multitudinarias llevando miles de fieles a Caravaggio, a Ntra. Sra. de la Guardia en Génova, y a otros lugares marianos.
"Se trataba de verdaderas muchedumbres -diría él-; de masivas respuestas de fe y devoción a la Santísima Virgen."

A causa de la guerra, han cesado las peregrinaciones. Pero Don Orione igualmente invoca a la Santísima Virgen por la nación, en especial por los soldados en el frente de batalla y por su querida Tortona. Y exhortar a todos a hacer lo mismo, comprometiendo a la ciudad toda en un voto público; el de construir un grandioso santuario mariano. Lanza esta iniciativa precisamente en el Barrio de San Bernardino, el más difícil y turbulento barrio de Tortona; tanto que si los sacerdotes se atrevían a poner los pies en él -así sea para cumplir con su ministerio- corrían serios peligros.

Pero allí hay una humilde iglesia del siglo dieciséis, nada menos. Serían las mismísimas lavanderas, las mujeres más aguerridas del barrio, las que tomarán cartas en el asunto y le dirán a Don Orione:

- Ud., Don Orione, venga nomás; que si alguno se atreve a molestarle, nosotras saldremos en defensa suya, con nuestros zuecos y chancletas.

Y fue allí donde ya existía la devoción a la Virgen de la Guardia, donde por aclamación popular se hizo el voto de construir un santuario. Era el 29 de agosto de 1918, fiesta de la Guardia.

En noviembre de ese mismo año la guerra termina. ¡Gloria y honor a la Santísima Virgen! ¡Don Orione rebosa de alegría! Para la fiesta de la Guardia de 1919, el 29 de agosto, encabezar una solemne procesión que sale del mismísimo San Bernardino -barrio cerrado a los "curas"-; y llegados a la catedral, se renovará solemnemente la promesa del santuario.

En los años posteriores la procesión llegará hasta lo alto del antiguo "castillo", y en medio de la luz de miles de antorchas, subido a la torre milenaria, Don Orione enfervorizará a las masas con palabras de fe en Dios, de amor a la Santísima Virgen, a la patria, al Papa; de agradecimiento por los pasados peligros de la guerra, de bendición y esperanza para el futuro de la ciudad de Tortona.
En Roma, con el favor de San Pío X

Para entonces Don Orione era conocido también en Roma. Sea por los numerosos niños huérfanos de la Colonia Santa María de Monte Mario, sea porque en 1904 sus hijos se hacen cargo de la iglesia de Santa Ana, en la propia ciudad del Vaticano.

Ya en 1902 había dado a leer el programa de su Obra al Papa León XIII, quien lo había alentado y bendecido. En 1906 se presenta ante Pío X para presentarle el reglamento definitivo. Y solicita, además, su beneplácito para enviar a sus hijos a Brasil, como misioneros.

- No -sonríe San Pío X-: te voy a mandar, más bien, a la patagonia.

- Santidad -dice Don Orione- en la Patagonia están ya los de Don Bosco.

- No, no... -prosigue el Papa- es otra la "patagonia" adonde quiero enviarte: aquí nomás, en Roma, apenas fuera de la puerta de San Juan de Letrán. Allí falta todo: la iglesia, la catequesis a los niños, casar a la gente por iglesia, etc., porque no ven jamás a un sacerdote.

El 25 de marzo de 1908, fiesta de la anunciación del Angel a María Santísima, todo ya está listo. A falta de templo Don Orione -luego de una limpieza a fondo-, ha puesto una imagen de María y un precario altar en un establo de caballos en desuso. Faltaba sólo convocar a la gente.

S¡, pero ¿cómo hacer? Llena los amplios bolsillos de su sotana con caramelos y comienza a recorrer las calles del barrio agitando una campanilla y arrojando caramelos. Los primeros en correr tras él -o tras los caramelos- son, naturalmente, los niños. Y por curiosidad, también se acercan los adultos. Este fue el insólito auditorio de la primera "misión" predicada por Don Orione en lo que luego sería la floreciente parroquia de Todos los Santos, en el barrio de la vía Apia.
Campanas de gloria en una Pascua inolvidable

El 4 de abril de 1885 Victorio regresa del pueblo vecino, Molino de Torti; ha ido con Luis a visitar al P. Milanese y le ha dicho que sí, que autoriza a su hijo Luis a ingresar al convento franciscano de Voghera. El corazón del niño rebosa de alegría. Durante el camino Victorio le dice:
- ¿Has pensado bien en lo que vas a hacer? Mira que lo más doloroso para mí, sería que luego te volvieras a casa... Si quieres ser sacerdote, habrás de serlo siempre y en todas partes.

- No, papá -responde el niño-; yo jamás volveré a casa.

Se hace un profundo silencio entre ambos, y de pronto estallan las campanas del pueblo, tocando a gloria. Padre e hijo humedecen sus dedos en la hierba cubierta de rocío, y se mojan los ojos, llenos de devoción; porque es sábado santo, sábado de gloria. La más hermosa Pascua de toda su vida, para el niño Luis Orione.
400 liras, para internado y colegio

- De acuerdo en todo dice el señor Stassano, no muy convencido , pero ¿y el pago? ¿Cómo se hará? Vea, pongámoslo así: si en una semana me trae Ud. 400 liras de alquiler, le cedo el edificio por un año...

Luis no cabe en sí de gozo: ya ve en su imaginación el internado, los chicos llenándolo de ruido y alegría; y con el corazón ligero, se encamina hacia la catedral. Está cruzando el puente sobre el torrente del Ossona, cuando una voz le saluda familiarmente:
- ¿Qué anda haciendo Ud. por estos lugares?

Se trata de Angelina Poggi, una amable ancianita, conocida suya.

- ¡Abro un colegio, un internado! Aquí en el barrio, en lo de Stassano.
- Y ¿tomaría Ud. a mi sobrino?
- ¡Pues claro que sí, señora!
- Si le doy 400 liras ¿por cuánto tiempo me lo tiene de interno?
- ¡Pues, por toda la escuela secundaria! ¡exclama Luis!.
- Entonces... venga Ud. Conmigo -dice la anciana-; y lo lleva a su casa, de un oculto rincón extrae todos sus pobres ahorros, y se los entrega.
- Son 400 liras -dice- ¡realmente alcanzarán?

Es el día de la Virgen, 15 de setiembre de 1893. Desbordante de gozo y gratitud, Luis lleva el dinero al asombrado Sr. Stassano, y regresa presurosamente a la catedral.

Pero llegado allí, se entera de que el Obispo lo ha mandado llamar reiteradas veces:
- Lo he pensado mejor, y te retiro mi autorización para abrir un internado. Seguramente me traerías problemas y deudas.

- Es que..., Monseñor, ya he pagado el alquiler de un año... -dice humilde y tristemente el pobre Orione-; y cobrando ánimos poco a poco, narra lo acontecido en esas pocas horas. Tranquilizado, Mons. Bandi le dice:
- Bueno, siendo así te devuelvo mi bendición.

Y para el 15 de octubre, solo un mes después, hay ya cuarenta niños en la casa "San Luis", en el barrio de San Bernardino, en Tortona. Algunos querían seguir los estudios sacerdotales, pero no tenían dinero para pagarse el seminario: ahora es la Divina Providencia la que se hará cargo de todo. Es una familia, llena de alegría, de vida, de armonía.

Un buen día se ven pasar por las calles de la ciudad a todos esos jóvenes, llevando procesionalmente una estatua de la Virgen de los Dolores. Es un regalo que le han hecho a Don Orione. La imagen tiene una espada clavada en el corazón: los niños se la quitan.

- Es que no queremos que sufra más -dicen- nosotros le daremos consuelo.

Y así, la Virgen de los Dolores se trasforma en la Virgen de la Divina Providencia, la patrona y protectora de la naciente Obra.
"¡Quiero ver al Papa!"

Puede viajar a Roma, gracias a un pasaje gratuito, conseguido por su hermano Benito que trabajaba en los trenes.  Qué alegría ver la ciudad eterna, sus basílicas, sus monumentos, sus bellezas...

Luis ha llegado con algo de pan, y poquísimo dinero. En la Iglesia de San Pedro ad Vincula, para no perder la costumbre, se rodea de chicos de la calle, les distribuye estampas y medallitas hasta quedarse sin nada, y les promete que un día hará también alguna obra para sacarlos de la calle.

No teniendo donde ir, intenta pasar la noche en la plaza de San Pedro; un guardia le dice que no puede ser, y entonces se resigna a dormir en una zanja; pero eso sí, teniendo a la vista la cúpula papal. Est tratando de abrigarse y adormecerse pese al frío de la noche, cuando de pronto aparece uno de los niños conocidos esa tarde:- Qué‚ hace Ud. aquí a la intemperie? Venga, vamos a casa.

Y lo lleva a su casa; donde una ancianita le da alojamiento y comida por todo el tiempo de su permanencia en Roma.
¨ Quiénes eran? Muchas veces trató Don Orione de hallarlos, en varias oportunidades recorrió esa calle, pero nunca volvió a encontrarlos, ni supieron darle noticias de ellos. Don Orione pensó siempre que se trataba de la Santísima Virgen, y de su ángel de la guarda; a ellos se había encomendado de corazón aquella noche.

Pero no logra ver al Papa. Suplica con calor:
- Por favor, dejen que lo vea!  Aunque sea de lejos!

Hay que tener en cuenta que las apariciones públicas del Papa eran entonces rarísimas.


En los años posteriores la procesión llegará hasta lo alto del antiguo "castillo", y en medio de la luz de miles de antorchas, subido a la torre milenaria, Don Orione enfervorizará a las masas con palabras de fe en Dios, de amor a la Santísima Virgen, a la patria, al Papa; de agradecimiento por los pasados peligros de la guerra, de bendición y esperanza para el futuro de la ciudad de Tortona.
El sueño de la Señora con el manto celeste.

Regresa a Tortona con el corazón rebosante de amor al Papa y a la Iglesia. Y lo proclama a los cuatro vientos; a quien quiera oírlo. Pero hay quien no quiere oír: un día da una charla y refiriéndose al clima de conflicto entre el Estado y la Iglesia, llama a las cosa con su nombre, menciona al Rey Víctor Manuel II sin tapujos, y señala injusticias hechas al Papa y a la Iglesia, que nadie se atreve a decir en voz alta. Son palabras fuertes las suyas, pero verdaderas.

Una grave denuncia llega a donde debía llegar. Y comienza la guerra subterránea, y los terribles comentarios malintencionados.

Y alguien se encarga de ir a ver al obispo con quejas y m s quejas: que los niños molestan, que rompen vidrios y lo destruyen todo; en resumen: que hay que terminar con ese peligroso seminarista.

Y la táctica parece producir sus efectos; Mons. Bandi, aunque aprecia sinceramente a su joven seminarista, considera conveniente enfriar la cosa. Y clausura el Oratorio, por un tiempo... Luis, con el alma en tinieblas, obedece prontamente. Y en un acto de confianza -y desafió a las oscuras fuerzas que parecen ganar la batalla- toma las llaves del oratorio y las pone entre los dedos de quien ha sido maternal testigo de la breve pero intensa vida del oratorio: la estatua de la Santísima Virgen que domina el patio del palacio episcopal.

Luego sube lentamente a su pieza, mira con honda tristeza el despoblado patio de su oratorio, y llora en secreto, hasta que lo gana el sueño. Y también en esta circunstancia tendrá un significativo sueño: ve esfumarse toda la geografía familiar de su Tortona natal, y su mirada abarca una llanura inmensa poblada por multitudes de niños, jóvenes y ancianos, de todas las razas y color de la piel; acompañados por religiosos, religiosas, sacerdotes, seminaristas.

En lo alto del cielo, dominándolo todo, una hermosa Señora sonriente con el Niño en brazos. La Señora de aire maternal cubre a la muchedumbre con un inmenso manto celeste que se pierde en el horizonte. Y entona el canto del Magnificat; y toda esa colorida muchedumbre le responde a coro, como el apacible sonido del mar.

Se había adormecido en medio de las l grimas, se despierta con el corazón lleno de paz: la Santísima Virgen le había preanunciado que estaría siempre junto a él, a sus iniciativas apostólicas, protegiéndolo; y que llegar a ser el Padre de infinidad de misioneros por todos los caminos del mundo.
Del oratorio de Turín, al seminario de Tortona

- Sabe, Monseñor, aquel joven de quien tanto le hablé, quiere ingresar al seminario: pero se niega a hacer la solicitud por escrito.

-Bien, -dice el obispo- entonces yo lo acepto, aún sin solicitud escrita.

Luis Orione le había pedido a Dios tres señales para decidirse a ingresar al seminario de Tortona, y esa -ser admitido sin solicitud escrita- había sido la primera. Y se había cumplido.

¿Cuáles eran las otras dos? La conversión de su padre (es decir, que se volviera practicante asiduo), y que se le hiciera la sotana clerical, sin haberle tomado las medidas. Y también estas dos se cumplen.

La noche previa a su ingreso y a la imposición de la sotana, Luis Orione no puede dormir; la alegría del próximo ingreso se ve opacada por una cierta amargura, por su "ingratitud" hacia Don Bosco, por su "deserción" de la familia salesiana. Se adormece al fin entre lágrimas. Y sueña que está en el patio del querido Oratorio de Turín, sobre una pequeña colina alfombrada de blanquísimos lirios. De pronto el cielo se abre, y se le aparece Don Bosco, sosteniendo su sotana -la que le habían hecho sin tomarle las medidas- y sonriendo afablemente le ayuda a ponérsela, anticipando la ceremonia de vestición del día siguiente.

El hermoso sueño se interrumpe, porque Luis despierta. Y llora, pero ahora de consolación y alegría, porque su amigo Don Bosco le ha mostrado que lo apoya en esta su decisión de entrar al seminario en Tortona, su Diócesis de origen.
 
 
 
 
 
 
 
 
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